Fragmento de mi entrada "Diario de tus instintos olvidados".

Y a solas, cada cuerpo compone su réquiem.Un llanto por la mitad perdida. Una lágrima por cada gota de sudor compartida. Una SONRISA por cada risa que inundó la partida.

El acto desesperado de amar lo que no tenemos. El acto desesperado de amar.
Amar desesperados ese acto.
Y desesperados sucumbir al amar.

(Fragmento de mi entrada "Diario de tus instintos olvidados".)

martes, 25 de octubre de 2011

Huele a lluvia...

Huele a lluvia... ¿Lo notas? Ya está aquí. Me empapo, me ahogo. Me mojo. Me río. Y escribo.

Un sentimiento de absurda felicidad me invade estas mañanas húmedas, que me agarrota cuando me asomo a Madrid y está ella, allí, esperando a darme su sudorosa mano cuando la saque por la ventana de mi cuarto, al vacío. Y esto es solo el principio.




La mañana venía húmeda, húmeda como el alma bajo una lluvia de palabras obscenas, como tus pestañas conquistadas por infinitos diamantes, como tu mirada perdida en la tampestad de mis pensamientos, húmeda como las lenguas que se juntan y las solitarias, como los ojos que lloran de rabia y de amor.

Húmeda como cuando la gente se encoge bajo la lluvia y yo me lleno los labios de nubes. Como cuando abro la boca para alimentarme de estrellas barridas, porque no llevo tacones como ellas, tan bellas. La mañana venía húmeda, como mis mejillas llenas de lágrimas, que han venido a ahogarme las penas, húmeda como la lluvia que ha venido a besármelas para que las gentes nunca lo sepan.

Y por eso nos gusta la lluvia, porque nadie nunca sabrá si hemos llorado o es el cielo que nos ha amado.
Húmeda como las quejas de mis amigos por el frío, suerte que mi calor proviene de mi propio sistema solar, y aunque últimamente tengo vacantes en los satélites de la inspiración de mi prosa y mi verso, no voy a dejar de llover cualquier sonrisa hermosa que me humedezca este deseo perverso.

Húmeda esa misma mi inspiración, la que hasta hace unos días no sabía deletrear con precisión, y hoy es tu perdición, tu pasión. Tu pasión, mi perdición. Tu perdición, la mía.

Húmeda como esas miradas letales que dejan ciegos los cristales. Veo paraguas y chubasqueros de todos los colores, pero no te engañes, la lluvia es justa y no hace distinciones. No te duermas por favor y escucha la lluvia que golpea, el viento que hoy te menea. No te duermas por favor, y apóyate en mi húmedo pecho de absurdo gozo a primera hora de la mañana.

Húmeda como estas palabras que se las lleva el agua, porque olvidarás esto que te digo, pero no esto que te siento. Que te siento húmeda, en mi ventana.



Húmeda como antes mi sexo; como algún día esos nuestros cuerpos sudorosos, empapados, embebidos, mojados, como dos torrentes, húmedos, como ríos que juntos van a ahogarse en el orgasmo de un océano de placer.

La mañana venía húmeda, como esas tardes de lluvia y Ipod por el centro de Madrid que nunca tuve. Y que retuve.
Húmeda como las lágrimas de mis mejillas que no pienso llorar.
Húmeda como la risa de mi eterna sonrisa que no pienso secar esta mañana.
Ni mañana.
Hasta mañana.



Porque la vida no es sobrevivir a la tempestad, es aprender a danzar bajo esta lluvia otoñal.



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