Fragmento de mi entrada "Diario de tus instintos olvidados".

Y a solas, cada cuerpo compone su réquiem.Un llanto por la mitad perdida. Una lágrima por cada gota de sudor compartida. Una SONRISA por cada risa que inundó la partida.

El acto desesperado de amar lo que no tenemos. El acto desesperado de amar.
Amar desesperados ese acto.
Y desesperados sucumbir al amar.

(Fragmento de mi entrada "Diario de tus instintos olvidados".)

domingo, 7 de febrero de 2010

Anoche, sentada en la cocina, me SENTÍ el corazón literalmente


No se que hora serían.
Las 5 de la mañana más o menos. Que hambre tenía... Me levanté y sigilosa cual gato me fui directa a la cocina.

Abrí el frigorífico.
Sonreí agradecida por el frío que desprendía, tenía mucho calor. Calor y hambre. Me senté en las frías baldosas verdes de mi cocina, un escalofrío recorrió mi espalda, mis muslos no estaban preparados para tanto frío, y mientras me recogía los rizos en un moño improvisado, escrutaba todos los rincones del frigorífico en busca de algo que hiciese que mi tripa dejase de rugir. Últimamente no paro de comer. No es ninguna novedad.

Al fin las vi. Un plato grande lleno de anchoas al... jum... no me acuerdo "al que" las hace mi madre. El caso que están buenísimas. Me cogí el plato entero. Eran para comer hoy, pero bueno, por un par de ellas...
Me acomodé en el suelo, estiré mis piernas de manera que estuviesen por completo en contacto con el suelo e hiciesen de refrigerante para el resto de mi cuerpo; y empecé a comérmelas todas.

Y me descubrí maravillada no pensando en nada. Ni en exámenes, ni en esto, ni en lo otro, ni en tí, ni en él, ni en eso, ni en aquello. Y me encanta esa sensación.
Muchas veces trato de dejar la mente en blanco, pero es imposible. Mil cosas acaban tirando mi voluntad por la borda.

Pero anoche, ahí estaba yo. Sentada. Comiendo. Iluminada por nada más que alguna ocasional luz de un coche. Tranquila. Relajada. En blanco. Pero sobre todo quieta. En silencio. No se oía nada. Me gustó.
Tan solo oía el suavísimo roce de la anchoa con mis labios, el suavísimo roce de mi masticar.

No... había algo más. Mi corazón.

De repente dejé de comer. Me quede muy, muy quieta. Ni siquiera parpadeé. Y entonces me noté temblar.

Noté como mi cuerpo permanecía quieto por orden mía, pero como maravillosamente temblaba levemente por orden de mi corazón.

Fascinada me llevé la mano al pecho, justo donde mi corazón trabaja sin descanso, ignorado por mí. Y sentía su suave y rítmico bombeo, cada patada en mi pecho se traducía en un suave bamboleo, corto, de mi cuerpo. Me quedé estupefacta, ahí, en suelo de la cocina, sentada en esa postura, mucho rato.

Nunca me había sentido el corazón.

Esta noche volveré a las baldosas verdes de mi cocina, quiero repetir anchoas.

5 comentarios:

  1. precioso pequeña,yo si lo he sentido en varias ocasiones.algunas de ellas no te las recomiendo...

    a mi me encanta escuchar los latidos de otras personas...me gusta mucho esa sensacion

    y supongo q al igual q tu,tu latido será precioso....

    me dejas escucharlo?

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  2. Las 5 de la mañana es la hora crítica. Y he tenido esa sensación al irme a acostar.

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  3. eres increible....maraviyosa...joder me has puesto los pelos d punta..yo tambien tengo sensaciones a veces increibles.

    y tambien me pasa eso...de repente te descubres sin pensar en nada, y sobre todo...sin pensar en el..ains...

    me encantas....me encanto aquel dia que me llego el mensaje por parte de la complutense de que me habian admitido en biologia, me encanto que me tocara el grupo D, me encanta que tu tambien estuvieras alli, y me encanta pasar las tardes cntigo...aunque sea estudiando...gracias ^^

    el mundo es diferente gracias a personas cmo tu...


    PD:no somos gordas, sabemos lo que comemos !

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  4. loba.lobas!


    tus entradas se merecen mucho mas!^^

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  5. ya te dije que me acabarian gustando las anchoas....je.

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